Ignacianerías Edición No.4

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Edición No.4

Esta entrega de nuestro Blog Ignacianerías, tiene como tema uno de los flagelos más crueles que ha experimentado la raza humana. Las adicciones están esclavizando a las personas —sobre todo a las más jóvenes— de una manera que es difícil ya soltarse de esa dependencia y sometimiento. Antaño, esas adicciones se circunscribían básicamente al alcohol o al cigarro. Luego fueron las drogas, desde la mariguana hasta el crack o piedra. Poco a poco se ha ido consolidando la búsqueda de otras sustancias cada vez más sofisticadas y más esclavizantes. Las drogas proliferan y con una capacidad de enajenamiento realmente alarmante. El número de muertes a causa de estas drogas es pavoroso…

Una adicción del presente, que aparentemente no es tan maligna, es precisamente la dependencia cada vez más impresionante a lo cibernético. Junto a esto pueden mezclarse otro tipo de drogas estupefacientes, pero muchas veces no necesariamente. Según investigaciones recientes, las personas tocan y hacen clic en sus aparatos, miles de veces al día. De acuerdo con el informe Cyberpsychology, Behavior and Social Networking seis de cada 100 personas en el mundo son adictas a Internet, es decir, si se toma en cuenta el último conteo de la población mundial del Banco mundial, hay 435.582 millones de personas en esa condición.

Curiosamente la adicción a Internet no está tomada en cuenta dentro del Manual Diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, esto es muy preocupante. Indica que no se han analizado concienzudamente los provocadores, ni tampoco los remedios de este mal progresivo… La zona de mayor adicción es el Medio Oriente, mientras que los menos adictos viven al norte y oeste de Europa. La adicción a Internet es alarmante debido a las anormalidades neuronales que se producen, como la atrofia de la corteza dorso lateral y las disfunciones cognitivas asociadas.

Además de las reacciones exageradas hasta por no tener el celular, o no poderse conectar, —eso que se denomina nomofobia—, el estar apegado a las TIC (Tecnologías de la información y comunicación) hace que la relación humana se pierda. No es raro encontrar situaciones donde en lugar de charlar en la mesa, al estar comiendo, cada quien está viendo su teléfono celular y tecleando, descuidando así, la presencia de amigos o familiares. Y lo peor: muchas veces teniendo a la persona enfrente ¡le escriben en lugar de hablar cara a cara y sentir así la presencia humana!

Existe la falsa percepción de que lo cibernético también es un buen canal de comunicación. Sí puede serlo, pero está rompiendo una serie de factores que no pueden ser sustituidos. Por ejemplo, el sentir a la persona, ver el rostro y sus reacciones con la que se comunica, tener noción del olor, matices y entonaciones… de los sabores, etc., empobrece la relación humana. Se termina circunscribiendo la interacción a la vista y a veces, al oído. Nada más.

Lo terrible es que estas situaciones se propagan y extienden. Lo peor es cuando las TIC, con programas hechos para infantes, captan de tal manera la atención de los bebés, que ya no quieren ver otra cosa. Se pegan a los aparatos y aprenden a manejarlos rápidamente. Las presentes generaciones de jóvenes, tan acostumbradas a las TIC, se muestran muy impacientes, con baja tolerancia a la frustración; acostumbrados a resolverlo todo con un ‘clic’.

Aquí se está produciendo una masa humana que está perdiendo interés en las relaciones personales y que, sobre todo esclaviza y empobrece, por principio.

Para que el avance tecnológico sea posible, se menosprecia al ser humano, por ejemplo: ¿cuánto vale un teléfono y cuánto ganan los niños en comparación con lo que se sacrifican por extraer el cobalto que es el material para la elaboración de las baterías de litio? Todo esto resulta escandaloso y paradójico ya que el avance tecnológico sería para que la humanidad tenga más medios —en este caso de comunicación— pero la extracción de este metal implica que esos niños pasen hasta catorce horas sin equipo de protección, y en condiciones deplorables. La UNICEF indica que solo en el Congo emplean a 40 mil niños para realizar esta labor. Esto es escandaloso.

La relación entre el proceso de superindividualización propia del ámbito de las TIC genera soledad real, esconde la verdad de que las personas por poseer amigos — más bien son “conocidos” virtuales—, no experimentan el contacto físico humano. Esto genera que el internauta viva en un engaño en el mundo irreal.

Por otra parte, cuando estas plataformas se ocupan para lo laboral, puede haber una sobrexplotación en donde se puede obligar el individuo a dar más horas de trabajo en detrimento de la salud.

Las TIC suelen utilizarse en mayor proporción en el nivel de personas con más capacidad económica. Esto es importante para tenerlo en cuenta. Y en este sentido ese nivel de personas propenden a adquirir las fobias y daños que trae el uso excesivo de estos medios cibernéticos. El grueso de población que no tiene estas capacidades económicas, añora esas posibilidades y por lo cual suelen utilizar medios ilícitos —corruptos— para obtener esos satisfactores.

Lo cibernético tiene mucho que ver con el poder. En un sentido, el poder se sustenta en la capacidad de vigilar todo lo que pasa. De allí que Bentham (filósofo alemán 1791) enfatiza el papel del “panóptico”, y esto lo retoma Foucault (filósofo francés 1926).

Lo panóptico —capaz de observar todo, desde un punto estratégico— es un sistema de control carcelario donde todo preso está siendo vigilado desde un ojo escondido. El individuo se adapta a lo “normal”, es decir, lo que está establecido desde una “norma”, y está vigilado desde un lugar que no se ve… El pensamiento de Foucault puso este aspecto en evidencia.

En estos tiempos, los medios de comunicación —Facebook, por ejemplo—, tienen a los jóvenes absolutamente como clientes asiduos. Los padres visitan el Facebook de los niños pequeños o adolescentes para conocer qué están viendo sus hijos e idealmente prevenirlos. En la medida que los observados aún no captan que los están viendo, pueden actuar con naturalidad, pero cuando se percatan de que están siendo observados o pueden estar siendo vigilados, se retraen y se adaptan a lo que está regulado obviamente. El sentimiento panóptico tiende a generar comportamientos según lo rige lo que en una sociedad puede ser la “norma”.

El problema es que, con los dispositivos cibernéticos actuales, casi nadie sabe hasta qué punto está siendo observado, quién lo vigila, y cuánto riesgo está corriendo. El sistema puede estar brindando peligrosamente multitud de datos personales, sobre modos de vida, intereses, cuentas de banco, amistades, problemáticas que pudieran estar escondidas, etc.

De alguna manera el conocer la naturaleza de la “cibernética” —arte de gobernar y etimológicamente, de dirigir a la gente— necesita de información de toda clase, y que, entonces se ponga sobre la mesa —pública— toda la intimidad a veces más profunda y no confesada abiertamente.

La cibernética puede aprovechar toda esa información para ofrecer lo que se quiera y para “dirigir” subrepticiamente la sicología de las personas. En ese sentido es un ámbito de riesgo muy serio. El papel de la cibernética es, sobre todo, de modelador hacia lo que pretende esa entidad y muchas veces se reviste no de un ejercicio de vigilancia molesta, sino que sobre todo, en un modo de modelaje, hacia una” seudo-ética” de lo que está bien, o mal, pero que está muy admitido y celebrado en ciertos programas —por ejemplo, las Narco series—. Aunque moralmente el modo de vivir y de actuar en la vida de lo “narco” es algo pernicioso, se acepta ya como lo normal, seductor y que puede actuarse de ese modo con tranquilidad de conciencia. Y esta conciencia laxa es lo que garantiza el engranaje social.

Foucault enfatiza mucho el papel de vigía normativo el cual tiene como instrumento fundamental el panóptico, y de alguna manera causa miedo y desconfianza, pero produce buenos resultados. Con todo, en la actualidad más que la vigilancia, lo cibernético es uno de los timones más eficaces para guiar y propagar lo que se quiere; promueve el consumismo exacerbado, el erotismo y la pornografía pues tiene más atractivo comparado con otras plataformas. Al sistema le interesa controlar lo que más atrae a la población. La inmensa mayoría de los videoclips de televisión y de Internet tienen imágenes claramente sexuales y muchas veces raya en la pornografía para seducir a las personas, sobre todo niños y jóvenes, a comprar cosas o estimular a los jóvenes a ver esa realidad promiscua, como la normal… Es decir, lo cibernético tiene un papel importante en la capacidad de seducir y seducir por lo superfluo, en las relaciones humanas, en bienes de consumo en las drogas y lo pornográfico.

De “vigilante” de las normas, lo cibernético se ha ya transformado. La norma ahora —lo “normal”— es la libertad absoluta en todos los ámbitos. El modo de tener asida a la población tiene mucho que ver —así lo ha detectado el sistema— con lo erótico y pornográfico, con las drogas y con el mal descarado. La codicia llevada a sus máximos niveles atrae a la gente, y por eso quieren poseer todos los bienes superfluos, provocando la corrupción. Esto es realmente lamentable.

En esta entrega presentamos un informe en torno a las adicciones, realizado por los psiquiatras guatemaltecos: Roxana Ruíz Cabarrús, y Julio Porras a quienes agradecemos enormemente su aporte. Con esos documentos aquí presentados, se abunda en lo expresado en esta introducción.

Frente a estos datos que realmente son muy preocupantes, surge, entonces, la pregunta: ¿cuál es el antídoto de estos males? Obviamente la prevención de todos estos trastornos tiene que ver con educación, con formación y con acompañamiento. Es claro que la falta de vivencias espirituales profundas, por una parte, se está perdiendo y por otra, no se fomentan, esas vivencias trascendentes. Aquí el papel de los padres de familia, de educadores— sobre todo en los grupos de infantes— es crucial.

Creemos, sin embargo, que la sola prevención no es suficiente. Parte de la formación para esas juventudes, debe consistir en justipreciar y ponderar lo que es la Libertad. Muchas veces no se le da el lugar que merece la experiencia de lo que es la libertad, ni se enseña cómo acceder a ella. Todo esto requiere con antelación, un haberla saboreado, aunque sea someramente. Dentro de los valores humanos fundamentales, tenemos la dignidad de la persona humana, y vinculado absolutamente a ella, la dignidad de la tierra. La bandera del valor de la dignidad humana es precisamente la libertad. Una libertad que es ser “libre de”, todo lo que la pudiera amarrarla, es decir, que evita y condena todo lo que priva la libertad: los vicios, los prejuicios, muchas veces…

Pero luego la libertad alumbra y florece cuando nos percatamos de que el campo para ejercer la libertad está dado en los otros valores humanos: es decir, en perseguir lo que elimina los machismos, los racismos, los sexismos… En luchar por la justicia social; en vivir desde el horizonte de la solidaridad. Nuestra libertad se realiza al pretender conseguir un mundo diferente con relaciones humanas dignas… Esto es un saborear ya lo de la libertad…

Pero también debemos de reconocer que la Tierra y sus derechos están vinculados a nuestra dignidad, por tanto, que la Tierra tiene la misma insignia libertaria: necesita que se le respete y se evite lo que la ahoga y la constriñe; lo que la está la castrando porque no se la cuida, para que sea de verdad, el lugar bueno para vivir todas y todos en armonía con la naturaleza.

Sabemos que los valores solo se captan en profundidad, a partir de experiencias en el contravalor. Entonces la escuela de este valor está en haber vivido experiencias de la indignidad en que están nuestros semejantes y la indignidad en que está la Tierra. Es saborear, además, la experiencia de ser libre de lo que ata y libre para descubrir y posibilitar que todo mejore.

El texto de mi autoría que presento para esta entrega, tiene como título “la indiferencia ignaciana cuna de la libertad”. Para los que no están acostumbrados al vocabulario ignaciano, “indiferencia” —hay que hacer notar—, no es algo que no me importe, o que lo considero con desdén, sino es una actitud de total libertad de todo lo que puede atarnos, ¡aunque no sea malo! La indiferencia de la que habla Ignacio, es el culmen de la libertad: que nos dé lo mismo vida larga que corta, riqueza que pobreza, honor que deshonor… Para llegar a esos niveles de libertad, hay entonces que pasar por un cuidadoso proceso de superar todas nuestras sombras, todas nuestras falsas imágenes de Dios, toda la culpa malsana que queda enroscada en sí misma. Muy diferente a la culpa sana que reconoce el error y pretende repararlo…

La indiferencia ignaciana es la que nos lleva, como señalo en el texto, a tomar la decisión que Ignacio imagina que optó la Trinidad, al ver cómo se había corrompido el proyecto de Dios. Ignacio hace brotar entonces, un grito desde el seno trinitario: “hagamos redención del género humano”.

En este texto del principio y fundamento, de mucha enjundia, encontramos una presentación aparentemente voluntarista: “Es menester hacernos indiferentes; “debe quitarse”, “ha de usar” (EE.23). También el texto tiene una lógica muy determinante y racional: “de donde se sigue”… Es decir, como señalo en mi artículo, que el gran maestro de la “pasiva actividad”, como clave principal, está ausente en esta introducción a los Ejercicios. Aquí le da una importancia fundamental a la voluntad.

Eso sí, ser indiferente, como señalo, nos coloca como “ligeros de equipaje”, para estar libres. ¡Esto en el fondo genera una profunda libertad! El gran acierto de Ignacio es haber formulado, entonces, las condiciones para el nacimiento y ejercicio de la libertad ¡y eso da felicidad! Ahora bien, la llamada a la indiferencia no es una invitación únicamente personal, es una invitación a la colectividad, lo cual da fuerza a las voluntades personales.

Al final lo que queda y brota entonces, es el amor. No es ya la libertad la que nos va a mover, sino el móvil principal será el amor. La tentación, sin embargo, residirá siempre en que, a pesar de querer ser libres, como individuos y como grupos, lo que se nota es la potenciación del mal. Pero allí es importante señalar que lo posible solo se logra deseando lo que parece imposible, y que eso nos movilice.

Ojalá que estos textos nos inspiren y nos hagan luchar por erradicar todo lo que nos impide ser libres y nos lance a querer un mundo y una sociedad inclusiva en los derechos de la humanidad y en profunda armonía y danza con una Tierra que hay que resucitarla.

Carlos Rafael Cabarrús S.J.

 

 

 

 

 

 

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